lunes, 9 de diciembre de 2019

GORDOS Y FLACOS


                        SUR
Opinión

La Tribuna
La función de la ciencia no es solo investigar los mecanismos de las enfermedades sino también las causas.  Los mecanismos son necesarios para encontrar dianas terapéuticas. El estudio de las causas lo es  para la prevención

FEDERICO SORIGUER. Médico. Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias
Martes 23 Julio 2019  08:57

Se dice de Einstein que cuando alguien le comentó que había más de 100 sabios que estaban en contra de su teoría, contestó: ¡con que uno solo lleve razón¡  Las cosas porque se repitan mil veces no son necesariamente ciertas. Hice mi tesis doctoral  sobre el tejido adiposo en la obesidad. Desde entonces han pasado más de cuarenta años, cientos de miles de publicaciones científicas, y millones de euros gastados en decenas de fármacos para el tratamiento de la obesidad. ¿Y cuál es el resultado? No hay más que mirar a  nuestro alrededor.   Ángel Escalera en este periódico,  el pasado día 21 de julio,  en un excelente reportaje, recogía las opiniones de una serie de expertos en endocrinología sobre la situación actual, recalcando sus  dos demandas más significativas. La necesidad de que la obesidad sea reconocida como una  enfermedad crónica y que el Sistema Sanitario Público  recoja en su petitorio el último fármaco  comercializado (cuyo nombre en contra de toda la tradición hipocrática de independencia,  se cita). Lo diré sin ambages. Si yo fuera el ministro o la ministra de sanidad no haría ni una cosa ni la otra. La primera porque una sociedad científica no es quien  para reclamar el estatuto de enfermo para alguien. Esto era en una época en donde los médicos teníamos todo el poder del mundo pero  muy lejos del momento actual  en el que los movimientos sociales de emancipación están pidiendo y consiguiendo,  precisamente,  la despatologización de muchas entidades clínicas. Pedir que las personas obesas sean consideradas enfermos crónicos tiene algo del viejo tufo paternalista que con tanto esfuerzo los médicos nos hemos ido quitando de encima. Especialmente si la justificación es evitar la estigmatización de las personas obesas, cuando la mayor de todas las estigmatizaciones, hoy lo sabemos, es, precisamente, la catalogación  como  enfermos de millones de personas que ahora solo se consideran gordas.  Y que me disculpen mis antiguos colegas y amigos, pero  tampoco autorizaría la introducción en el petitorio del sistema sanitario público, de un nuevo fármaco para tratar la obesidad. No por capricho sino por prudencia. En el año 1999 publiqué con el Dr.Tinahones un trabajo titulado: “El principio de precaución  y el tratamiento con fármacos de la obesidad” en el que se concluía que en términos coste /beneficio no estaba  justificado el mantenimiento en el mercado de los fármacos existentes hasta ese momento para el tratamiento de la obesidad y de cómo los intereses en  conflicto entre médicos e industria farmacéutica fueron una de las razones para que algunos de los fármacos se mantuvieran más tiempo del razonable.  La historia posterior no ha hecho más que darnos la razón. A lo largo de este  siglo XXI, otros fármacos como  la  sibutramina y el rimonabant,  han sido autorizados, comercializados y después de varios años en el mercado, numerosas  complicaciones algunas muy graves  y millones de euros gastados,  han tenido que ser retirados del mercado. La historia no es nueva. Los Servicios Públicos de Salud, el andaluz entre ellos son verdaderos laboratorios de experimentación natural. El Dr. Olveira, actual director de Unidad de Gestión Clínica de Endocrinología y Nutrición del  Hospital Regional (antiguo Carlos Haya), hizo la tesis doctoral sobre el consumo de fármacos antidiabéticos en Andalucía. Pudimos ver como el consumo y el gasto iba aumentando desde los años ochenta de manera lenta y progresiva como correspondía al incremento de prevalencia y a la mejora de la atención clínica de las personas con diabetes. Pero en el año 1994 ocurrió un acontecimiento inesperado. Mientras que el consumo seguía su lento crecimiento el gasto en fármacos antidiabéticos se había duplicado. ¿Qué había ocurrido?  Pues que se había introducido en el mercado un medicamento, la acarbosa, que se presentó  como una panacea terapéutica  y los médicos comenzaron a recetarla indiscriminadamente, Pocos años después ya nadie se acuerda de la acarbosa. En el intermedio los andaluces  habíamos dilapidado  millones de euros (que habían ido a los bolsillos de la compañía productora).  Podríamos seguir con los ejemplos. Así que si yo fuera ministro o ministra de sanidad ni aumentaría en 10 millones, más o menos,  el censo de enfermos nacionales, ni autorizaría el nuevo fármaco para ser recetado en la sanidad pública. Lo curioso es que en vez de ser las sociedades científicas las que ejerzan desde la responsabilidad,  sea la administración la que tenga que mantener el rigor y  la prudencia terapéutica. La función de la ciencia no es solo investigar los mecanismos de las enfermedades sino también las causas.  Los mecanismos son necesarios para encontrar dianas terapéuticas. El estudio de las causas lo es  para la prevención. Desde que Marañón publicara en el año 1926 su famoso librito “Gordos y flacos” no se ha avanzado ni un milímetro  en el tratamiento y no digamos en la prevención de la obesidad.  Lo sorprendente es que  desde el establecimiento médico  y científico apenas sale ninguna idea que ya Marañón no propusiera hace un siglo. Todos los años y en todas las declaraciones la  misma cantinela. Hay que comer menos y hacer más ejercicio. Mientras,  la incidencia de obesidad aumenta   imparable. En este tema las sociedades científicas siguen mirando al dedo del niño que señala la luna. Pero si queremos ser realmente útiles habría que comenzar a plantear el problema con otra mirada. Como en  esa famosa conversación entre el general y su ayudante de campo quienes  desde lo alto de la colina veían como sus tropas eran derrotadas. “Mi general ya que  no podemos ganar la batalla al menos deberíamos cambiar de conversación”. Y es este el único consejo que puede permitirse un medico jubilado. 

ELOGIO DE LA DEDICACIÓN




La Tribuna

Mientras que el SSP deroga el sistema de exclusividades la medicina privada comienza a utilizarlo, ¡para evitar la competencia y los conflictos de interés¡ 

FEDERICO SORIGUER. Médico. Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias.
DIARIO SUR Domingo 15 de Septiembre 2019.


Este verano  la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, ha equiparado el sueldo de los médicos  con o sin dedicación exclusiva.    Mucho se ha tardado y es algo que debió de hacer el anterior gobierno.  No tenía ningún sentido que a igualdad de horario y responsabilidades, el sueldo fuera diferente.  Es posible que la dedicación exclusiva  estuviera justificada en los comienzos. De hecho era lo habitual que aquellos jóvenes médicos,  que abrieron los hospitales y centros sanitarios públicos en los años setenta  y ochenta,  llevaran con orgullo, como una distinción, su dedicación exclusiva, pues por primera vez en la historia de la medicina española  los médicos no tenían que estar pluriempleados y por un salario digno podían desarrollar su vocación,  ya fuera clínica, ya fuera docente o investigadora. Es aquella generación la que con su dedicación, modeló un  SSP del que aun hoy,  tan orgullosos se sienten muchos españoles. Pero con el paso de los años  el sistema de dedicación exclusiva  solo ha servido  para desprestigiar la idea de dedicación, que es una idea noble y sobre la que insistiremos en las líneas siguientes.  Porque la dedicación  exclusiva tal como estaba planteada no ha conseguido ni  controlar las incompatibilidades y los conflictos de intereses, que existen  en el interior del SSP, ni para fomentar la creatividad y la productividad. Al final la dedicación exclusiva parecía estar justificada solo por  una especie de desconfianza del sistema hacia quienes no optaban por ella. Así que nada que objetar a la medida. Pero quizás deberíamos  preguntarnos: ¿y ahora qué? Recientemente hablaba con una joven colega que trabaja en la medicina hospitalaria privada como autónoma. Mi colega tiene una especialidad muy competitiva y el  hospital (privado) le  ha “exigido” que si quiere seguir trabajando en el centro debe hacerlo en régimen de “dedicación exclusiva”. ¿La razón? El hospital ha comenzado a verla como una competidora.  Pero más allá de la anécdota,  la  categoría de la noticia está en que mientras que el SSP deroga el sistema de exclusividades la medicina privada comienza a utilizarlo, ¡para evitar la competencia y los conflictos de interés¡  La pregunta es: ¿cómo los va a evitar ahora el SSP?  En mi modesta opinión solo cabe ser mucho más exigentes con el régimen de incompatibilidades,  pues uno de los efectos perversos de aquel modelo era el que siendo más fácil de controlar la exclusividad,  pasaba por alto las otras  incompatibilidades, que son  la madre de todas las batallas. Porque la lista de incompatibilidades de los médicos que trabajan en el SSP, es larga. La última y más perversa la de la connivencia entre los lideres profesionales del  SSP y las compañías farmacéuticas o tecnológicas  que utilizan cualquier forma de presión para conseguir que sus productos entre en el petitorio del SSP.  Una forma consentida de cohecho blanco,  para el que la administración ha sido muy indulgente  mientras se mostraba inflexible con el control de la dedicación exclusiva de pequeñas consultas particulares que poco o nada interferían con la actividad  rutinaria del trabajo clínico.  Porque si algo parece urgente es recuperar la idea de dedicación.  Pero la dedicación es una opción vocacional no una exigencia legal.  Hasta hace no demasiado trabajar en el SSP era un privilegio. Es cierto que no se ganaba mucho dinero pero a muchos médicos nos  compensaba lo que Don Enrique Tierno Galván en los años ochenta, llamó salario cultural. Ocurrió igual con los  médicos ingleses, que pudiendo irse con cierta facilidad a USA, ganando mucho dinero,  prefirieron quedarse en GB hasta que comenzó con Blair la demolición  del National Health Service. Hoy somos los españoles los que nos vamos a GB a ocupar los huecos dejados por los ingleses.   Había autonomía profesional, había recursos, había problemas  que resolver, retos profesionales y científicos, había docencia, y sobre todo, había la posibilidad de compartir tus proyectos y tus inquietudes con otros colegas, de forma socrática unas veces,  de forma más disciplinar otras.  Como muy bien saben los sociólogos hay muchas formas de capital además del económico.  Y es de este capital “vocacional” del que hablamos y del que disfrutamos  muchas generaciones de médicos.  Yo espero que la derogación del régimen de dedicación exclusiva permita a las nuevas autoridades invertir  generosamente (es decir con inteligencia) en recuperar el valor de la dedicación sin adjetivos. Un gran hospital, un gran centro de salud no es solo, siendo importante,  un centro donde se resuelven problemas, es también un lugar donde los profesionales y trabajadores tienen la obligación y la oportunidad de devolver a la sociedad en forma de creatividad, de innovación, de conocimiento, de cuidados de los pacientes,  el privilegio que supone trabajar en el SSP.   Recuperar este sentido de pertenencia debería ser el primer objetivo de cualquier política de gestión de los recursos humanos.  La dedicación vendrá  por añadidura. Un último comentario: Ahora que ya se habla sin reservas del tercer hospital para Málaga,  convendría recordar que no fue (solo) la necesidad de aumentar el número de camas lo que llevó a reclamar su construcción,  sino (sobre todo) la de refundar el viejo Carlos Haya, en el que el sentido de pertenencia estaba bastante deteriorado por la destrucción funcional del hospital a lo largo de los años. Somos muchos los que podemos dar fe de ello. No estaría mal que volvieran a consultar.  

SEXO CONTRA GÉNERO



Conseguida la medicalización, una parte del movimiento transexual ha estado luchando políticamente para la despatologización de la disforia de género

FEDERICO SORIGUER. MÉDICO Y MIEMBRO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA MALAGUEÑA DE CIENCIAS
Lunes, 14 octubre 2019, 08:00
En el año 1999, siendo consejero de Salud de la Junta de Andalucía José Luis García de Arboleya, se puso en funcionamiento en el Hospital Carlos Haya la primera unidad en todo el país de atención integral de las personas con disforia de género (UTIG). A lo largo de casi ya 20 años se ha adquirido una gran experiencia clínica y humana, así como incorporado todo un cuerpo teórico que ha permitido ayudar con competencia profesional, autoridad científica y empatía a varios miles de personas de Andalucía y de toda España. A finales del siglo XX el objetivo de las asociaciones de personas transexuales era conseguir que la transexualidad fuese considerada como una enfermedad, como una disforia (de género), para que las personas transexuales dejaran de estar marginadas y pudieran ser atendidas con todos los derechos en el Sistema Sanitario Público. Un objetivo que la ley satisfizo en su momento y que el trabajo de la UTIG de Málaga ha hecho posible de manera ejemplar, como muestran las encuestas de satisfacción y el reconocimiento de centenares de personas anónimas a los que los profesionales de la UTIG han ayudado a cambiar su vida. En estos años transcurridos del siglo XXI las cosas han cambiado de manera bastante radical. Conseguida la medicalización, una parte del movimiento transexual ha estado luchando políticamente para la despatologización de la disforia de género. La identidad de género, dicen, no necesita ser diagnosticada, tal como no necesita ser diagnosticada la homosexualidad (que por cierto no es una cuestión de identidad sino de orientación sexual).
La transexualidad estaría hoy tan normalizada, han argumentado los políticos que han elaborado la ley andaluza, que nadie tiene por qué sufrir («disforia») por expresarse con la identidad de sus preferencias. La fuerte presión de algunas asociaciones sobre los parlamentos autonómicos ha llevado a que CCAA como las de Andalucía, Madrid, Cataluña o el País Vasco hayan desarrollado leyes apoyando la despatologización. Esto ha generado en la práctica la disolución de las unidades de atención integrada a las personas trans. Sin embargo para satisfacer plenamente su identidad de género, al contrario que las personas homosexuales su orientación sexual, las personas trans, sí que demandan y necesitan intervenciones hormonales y/quirúrgicas, costosas, en absoluto inocuas, y la mayoría irreversibles. Y, siendo así, algo tendrá que decir la medicina y los médicos antes de proceder a satisfacer médicamente la demanda identitaria. Hay una enorme distancia entre la experiencia personal y la experiencia clínica. La primera es intransferible y no extrapolable a nadie más. La segunda está basada en la observación de series amplias que permiten, al concentrar la experiencia, un mayor poder discriminatorio sobre la diversidad y, además, aumentar la eficiencia que es algo que sabemos desde que las ideas del Reverendo Thomas Bayes se aplicaron a la evaluación de la práctica clínica. Es algo que parecen desconocer los políticos que se embarcaron en la elaboración de leyes que satisfacen solo el interés y la ideología (en este caso de género) de unas minorías sin tener en cuenta a la inmensa mayoría de personas trans que han visto cómo la calidad de la atención que se les prestaba en el sistema sanitario público, por una aplicación politizada y malentendida del principio de autonomía, ha disminuido de manera preocupante. Y todo esto, además, en un momento en el que se produce una explosión de variantes identitarias, especialmente en jóvenes, cuya nomenclatura crece día a día, de manera que hay que ser un verdadero experto para saber de qué y con quien estamos hablando. Son estas algunas de las razones por la que algunos miembros de la UTIG de Málaga llegaron a plantearse en algún momento hacer objeción de ciencia (no de conciencia que la tienen bien tranquila), pues ningún médico puede ir contra la «lex artis», es decir ningún médico puede saltarse el principio de no maleficencia al que la aplicación rígida de la leyes autonómicas les obligarían. En los últimos años, sin embargo, desde el lugar menos esperado han acudido voces muy autorizadas que tal vez ayuden a esclarecer esta ceremonia de la confusión que en las líneas anteriores hemos intentado resumir y que es probable que hayan resultado ininteligibles, al menos en parte, para un lector no iniciado. La creciente radicalización de las demandas de algunos grupos trans organizados y su notable influencia en la legislación sobre los derechos sociales, incluidos los derechos de las mujeres, ha llevado a que una parte, lo más granado, del movimiento feminista, denuncie cómo el concepto de «identidad de género» socava los derechos de las mujeres basados en el sexo. Esta ha sido la tesis defendida, entre otras, por filosofas y teóricas feministas tan prestigiosas como Amelia Valcárcel (catedrática de Filosofía Moral y Política en la UNED y miembro del Consejo de Estado), quienes, por ejemplo, en una semanario en el mes de julio en la escuela feminista Rosario Acuña, han visto con lucidez la necesidad de delimitar las fronteras entre el feminismo y la teoría 'queer'. En un manifiesto reciente, el movimiento feminista denuncia cómo los derechos de las mujeres, que habiendo sido alcanzados sobre la base del sexo, ahora están siendo socavados por la introducción en los documentos internacionales de conceptos como «orientaciones sexuales e identidades de género».
El lector interesado puede consultar el extenso documento en (http://abolitionofreality.com/). Los insultos a las firmantes del manifiesto y a las ponentes del curso no se han hecho esperar. Los miembros de la UTIG de Málaga los conocen bien. Pero ahora saben también que el trabajo que han estado haciendo tantos años en solitario ha merecido la pena pues han contribuido, como cualquier persona intelectualmente honesta puede comprobar, a la reconciliación entre el sexo y género, ahora en guerra abierta y descarnada. Un comentario final: ¿Qué pensaran ante lo que está ocurriendo todos estos médicos y psicólogos que bajo el principio de la «obediencia debida» en los últimos años han mirado para otro lado rompiendo así con lo mejor y más noble de la tradición médica? Cuando oteamos el horizonte solo se escucha el silencio de los corderos.


INTERLOCUTORES VÁLIDOS


DIARIO SUR. 23 de noviembre, 2019
Opinión



FEDERICO SORIGUER. Médico. Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias.

En estas misma páginas de SUR, el pasado día 20 de Noviembre el filosofo Daniel Inneratiy, incluía a España en la categoría de las democracias “iliberales”, por su incapacidad para resolver el conflicto de Cataluña. Una cuestión para cuya solución   recomendaba “dialogo”.  Menos mal, pues a casi nadie se le había ocurrido antes esta genial solución.
Es este un  momento crítico de la política nacional en el que la formación de gobierno va a necesitar mucho dialogo.  Como Innerarity no nos dice nada  cómo y de que hay que hablar,  me he permito aquí resumir en forma de decálogo algunas premisas que   me parecen imprescindibles para que el dialogo sea fructífero.
Primero: Para hablar hacen falta “interlocutores válidos”.  Debo el concepto” a Adela Cortina quien en su libro  “Ética de la razón cordial”,   lo desarrolla como una condición necesaria para el diálogo. Dialogar exige la aceptación de unas reglas mínimas, las del interlocutor válido,  sobre las que se pueda ir construyendo una conversación.
Segundo: Quienes hablan en nombre del pueblo tienen primero que demostrar que tal cosa existe.  La palabra “pueblo” aplicada a una comunidad, es la sustitución moderna del concepto de “raza” y tan prepolítica y anticuada como esta. No existe tal cosa como un pueblo (catalán, vasco, o español) solo existe una comunidad de ciudadanos, (un demos), sujetos de derechos y por tanto sometidos al imperio de la ley. Lo demás es barbarie.  E igual ocurre con la idea de nación, esa construcción idealizada, que hunde sus raíces en un pasado  heroico, en donde habita un pueblo portador de una  cultura y unos valores comunes y por tanto políticamente homogéneos. Es por esto que el debate sobre la naturaleza de cada uno de los territorios de España es irracional,  pre político e intelectualmente prescindible.
Tercero: No existe tal cosa como los derechos históricos. Eso es tan predemocrático o más que la idea de “pueblo”. No hay pueblo sin historia. La historia tal vez explique, pero no justifica, los desvaríos del presente.  Eso se llama determinismo histórico, cuyos excesos han llevado a la desolación y a la muerte a los países que han caído en el historicismo (Popper dixit).
Cuarto: La identidad nacional es una falacia, como lo es la  reclamación de determinados derechos en nombre de las “diferencias”. El identitarismo esconde un supremacismo en el que hoy,  a “las mosquitas muertas”  postmodernas, les resulta insoportable  reconocerse. Pero no otra cosa parecen los argumentos de los soberanistas.
Quinto: El derecho de autoderminación es una fantasía postcolonial. Hay que demostrar previamente que se es un pueblo “diferente” y que se es  un pueblo oprimido. La autodeterminación de Cataluña es un sarcasmo. La autodeterminación hoy  no es sino “la secesión de los ricos” (Ariño&Romero) (Piketty), los únicos que de verdad la están consiguiendo.  Algo  que al parecer le es indiferente a tanto  revolucionario postmoderno e ilustrado. Qué  ironía.  
Sexto: La democracia plebiscitaria es la enfermedad infantil de la democracia representativa. Solo una comunidad infantilizada puede creer que decisiones tan complejas como la independencia de un trozo de un país democrático se puede resolver con una pregunta binaria e irreversible. En España desde hace 40 años el demos viene bien definido por la Constitución y ese demos se ha autoderminado más de 50 veces en estos años.   Ahora lo quieren resolver con un SI o un NO.  ¿De verdad nos creen tan estúpidos?
Séptimo: La calificación de España como estado fascista es un insulto repetido y gritado por los violentos  y por todas las angélicas almas independentistas. Refutar la  falsedad del insulto no exige mayores esfuerzos y descalifica moral e intelectualmente a quienes desde las instituciones y las calles de Cataluña lo proclaman.
Octavo: Agotados los insultos, rebatidos  los argumentos que justifican el victivismo nacionalista, el  argumentario independentista se ha refugiado en las emociones y los sentimientos. “Tú no lo puedes entender  porque no eres catalán” excluyendo así de un plumazo a la mitad mas uno de los ciudadanos de Cataluña,  a todos los oriundos como el que esto escribe y, por supuesto, al resto del mundo.  A esto,   popularmente, antes  se le llamaba “ombliguismo”. Hoy se llama “emotivismo”.  La falacia de la democracia sentimental la ha analizado magistralmente un malagueño, Manuel Arias Maldonado y al libro con el mismo título me remito.
Noveno: La  vociferación  de conceptos como  “democracia de las masas y de la calle” o   “desobediencia civil”,  es una artimaña para revestir de pontifical el incumplimiento de la ley. Cuando en una democracia alguien se salta la ley, el tercer poder del Estado, los jueces,  persiguen de oficio a los delincuentes. La democracia no está por encima de la ley. ¡Eso sí que es fascismo¡
Décimo: Llamar “tsunami democrático” a lo que está ocurriendo en Cataluña no es ni una paradoja ni un sarcasmo. Es un oxímoron.  Esa figura  retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado opuesto. Otros,  más sofisticados,  le llaman pensamiento débil.
Epílogo. ¿Alguien cree que el Sr. Torra está dispuesto a  negociar a partir de estos puntos?  Frente al emotivismo de las masas, frente al apoyo de estos demócratas pusilánimes y circunstanciales que se tornan independentistas  cuando, como adolescentes malcriados,  “algo no les gusta”,  frente a la cursilería de una izquierda infantilizada que se ha convertido en la mejor aliada del capitalismo de casino, apoyando a  las revoluciones intimistas e identitarias de los ricos, los constitucionalista tienen la obligación de unir sus voces y resistir. Para controlar los  desordenes de orden público  el estado democrático tienen el monopolio de la fuerza. Frente a la deriva ideológica de quienes desprecian, insultan e intentan destruir el orden constitucional  los ciudadanos  tenemos la obligación de utilizar hasta el agotamiento la legitimidad moral y argumental que da el pertenecer a un país democrático, pues no se le puede dejar a los enemigos de la democracia el monopolio de eso que ahora se llama el relato.


jueves, 23 de mayo de 2019

CARTA A UN AMIGO CATALÁN



DIARIO SUR. Jueves, 23 mayo 2019, TRIBUNA

FEDERICO SORIGUER. MÉDICO. MIEMBRO DE LA ACADEMIA MALAGUEÑA DE CIENCIAS

Estas tribunas, que al amparo de la hospitalidad de SUR vengo escribiendo desde los años setenta del pasado siglo, las comparto también por las redes con amigos y conocidos de fuera de Málaga. El contenido de algunas ha sido sobre la cuestión catalana. Las respuestas de los destinatarios de Cataluña han sido muy variadas. Unos me lo han agradecido, mostrando su desánimo por lo que está ocurriendo y por lo que les está a ellos ocurriendo. Otros, indignados, simplemente me han pedido que los borre de mi directorio. Alguno, en fin, todavía contesta. «Es que no nos comprendes, Federico», dijo el último antes de pedir que no le volviera a enviar ninguna. Y es aquí donde reside el problema. Porque lleva mi ex amigo toda la razón. No le entiendo. A la mayoría de los destinatarios catalanes les conozco desde hace muchos años, hemos compartido proyectos e iniciativas y, en mi caso, he apoyado su liderazgo científico y profesional cuando ha venido al caso. También a la inversa. Era difícil ver en ellos la imagen de un marginado social y político, de un excluido profesional. La verdad es que me engañaron durante muchos años.
Cuánto sufrimiento debieron de arrastrar mientras lideraban proyectos españoles, presidían sociedades científicas españolas y eran alabados y apreciados por colegas españoles. Ellos, que no querían ser españoles. Que solo querían ser catalanes. Que solo querían que les dejáramos en paz. Pero ahora todo es distinto. Ahora ya no tienen que disimular. Ahora ya tienen en el rictus amargo del señor Torra la cara doliente de una Cataluña oprimida por la democracia española. Ahora creen que ha llegado la hora de su liberación.
No, no los entiendo y ese es el problema. No entiendo que personas que durante tantos años han disfrutado de la amistad y del concierto de tanta gente del resto del país vivan ahora tan dramáticamente la coexistencia como para poner a prueba la paz social. No, no entiendo que personas tan cosmopolitas esgriman unos derechos históricos (sic) y un derecho de autodeterminación que ni la ONU ni nadie reconoce, como si hubiesen vivido en un estado de ocupación, en una colonia oprimida y esquilmada dentro del imperio español. No, no entiendo cómo pueden esgrimir la identidad como última ratio. ¿Qué identidad? La identidad es un argumento prepolítico. No. No parecen haber leído al malagueño Manuel Arias Maldonado y su 'Democracia sentimental'. Aunque en los textos de Pujol y de Torra encontremos citas al respecto, ninguno de mis amigos ilustrados se atrevería hoy a hablar de identidad basada en razones étnicas, pero no tienen pudor ninguno en hablar de una identidad catalana, singular, diferente, única.
¿Cuál es la diferencia? No hay una Cataluña sino muchas y al igual que ocurre con los genes ('identidad' étnica) la variabilidad dentro de Cataluña es mayor que la variabilidad que puede haber entre las diferentes comunidades que conforman España ('identidad' social). Mal que les pese. Pero sin la cuestión de la identidad no hay caso. Sin identidad no hay diferencia. Y este es, de todos, el más perverso de los argumentos.
¿En qué son diferentes los catalanes? Naturalmente mis ilustrados amigos no pueden admitir que solo desde una idea supremacista se puede esgrimir la diferencia como un derecho político. Porque, ¿cómo se mide esa diferencia? Somos diferentes y por tanto exigimos que esta diferencia se transforme en un derecho político. Pero el tiempo no ha pasado en balde. El Estado español resiste con una fortaleza que no supieron valorar los independentistas. El victimismo que tantos éxitos les ha proporcionado al cabo del tiempo se convierte en una parodia. Las comparaciones con Gandhi, Mandela o Martin Luther King, a fuerza de repetirlas ridiculizan a quienes las usan. El zancadilleo para desprestigiar a la democracia española choca una y otra vez con el apoyo internacional a la justicia (incluso para quitarle la razón, como ocurre en los estados democráticos dentro de la UE, donde hay contrarregulación de poderes). Agotados todos los recursos solo queda la apelación continua a las emociones. Una democracia sentimental a la catalana, un sentimentalismo tóxico (T. Dalrymple) en el que las continuas llamadas al pueblo comienzan a recordar a esa rebelión contra el racionalismo que en Alemania en nombre del 'wolk' (pueblo alemán) promovía el retorno a una visión romántica del pasado.
Para desgracia de los líderes independentistas el tiempo no ha pasado en balde. No pueden borrar varios cientos de años de vida en común dentro de esta estructura política que sigue llamándose España y, hoy, además, Unión Europea. Ni pueden evitar que Europa se haya embarcado en la mayor revolución política de la historia moderna. Para desgracia de los líderes independentistas, somos muchos los españoles que consideramos a Cataluña como una parte también de nuestra geografía sentimental, política, científica, social, familiar, económica. No sé por qué se ofenden por ello. Lo deberían considerar como una muestra de apego, no de opresión. Si algún día los independentistas con el apoyo de esos demócratas pusilánimes que se han pasado al independentismo en horas 24, consiguieran alcanzar una mayoría tan aplastante que hiciera inevitable la independencia, somos muchos los españoles que iremos allí, como en los divorcios mal avenidos, a reclamar 'el rosario de la madre... y todo lo demás'. Los ingleses lo están ahora descubriendo estupefactos. La independencia no es gratis.
Pero mientras tanto, el daño que los independentistas catalanes están haciendo a este país es enorme y no es el menor el de la resurrección de un nacionalismo español primario y de opereta que algunos creíamos desaparecido. Desgraciadamente esta carta no va a convencer, si llegaran a leerla, a ninguno de mis antiguos amigos. Pero puede ser de ayuda a aquellos catalanes que en centros de trabajo y de investigación, en los hospitales, en la universidad, en las fábricas, permanecen en silencio ante una marea que contra toda lógica democrática goza del apoyo de unas instituciones públicas que deberían representar a todos los ciudadanos.


domingo, 7 de abril de 2019

LAS MANOS DEL FUTURO





La Tribuna DIARIO SUR. Lunes, 1 abril 2019.
Todas las ideologías gestionadas por hombres a la manera de los hombres están fracasando en el empeño de enfriar el mundo. ¿Podrá hacerlo un mundo feminizado?
federico soriguer
FEDERICO SORIGUER Miembro de la Academia Malagueña de las Ciencias 
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«Desfila el carnero macho al frente del rebaño, ufano, camino del matadero». Edgar Morin resumió  hace muchos años con esta metáfora la historia del machismo y del patriarcado. Una historia de poder y de gloria, de luces y de sombras, de sangre, de sudor y de lágrimas. Optimistas ilustrados como Pinker nos tienen que recordar que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El pesimismo es reaccionario, dicen los optimistas. Pero, ¿es que acaso le importa algo al mundo nuestro estado de ánimo? Copérnico colocó a la Tierra en su verdadero lugar en el Universo, Darwin dio una estocada definitiva al misterio de la encarnación y Freud acabó con los misterios gozosos, hurgando en esa herida narcisista de la especie humana que la ha llevado a creerse la especie elegida por un Dios masculino, eterno, todopoderoso, del que nada sabemos salvo por sus oráculos. El anuncio de un final termodinámico es la última premonición sobre el fin del mundo. Es el certificado de defunción de toda esperanza en un futuro mejor. Los jóvenes lo saben por eso se está produciendo un movimiento que nadie había previsto. Todo comenzó, como corresponde al momento histórico, por una joven sueca de 16 años, Greta Thunberg.
Los adolescentes de todo el mundo comienzan a levantar la voz consciente es que son ellos los que se van a achicharrar en el futuro. Ya no esperan nada ni de sus padres ni de los dioses hechos a imagen y semejanza de sus padres. ¡Unos adolescentes responsables que miran el futuro! ¡Qué oxímoron! En estos comienzos del siglo XXI los niños y las mujeres interpelan al mundo y señalan a esas generaciones que han sido incapaces de detener este final entrópico que todas las señales luminosas nos anuncian. Lo que tenga que ser será dicen los deterministas, incapaces de parar el mundo. Hace muchos años, Savater anunció que en algún momento el futuro de la humanidad pasaría por una dictadura ecologista. Savater es solo un vitalista, no un profeta. Pero, ¿es posible algún consenso democrático en esta jungla  de miles de millones de personas y centenares de países y regímenes políticos? Un mundo en el que la única razón es la del capitalismo de casino, especulador y extractivo cuyo lema es: «A vivir que son dos días». No, no queda mucho tiempo para amansar a la fiera. El futuro es ya hoy y no parece que mañana amanezca con un nuevo orden mundial que revierta el calentamiento global a una velocidad lo suficientemente razonable como para que las profecías termodinámicas sean solo un mal sueño. ¡Cómo no van a estar preocupados los jóvenes!
Lo sorprendente es que nosotros, sus padres, sus abuelos sigamos aquí, mareando la perdiz, anunciando una y otra vez los incumplimientos de Kyoto, Estocolmo, Rio, Nairobi, Méjico, Paris. Nuevos plazos y nuevos veranos en los que la temperatura sube alguna décima más, confirmando año tras años los peores augurios de la ciencia. La segunda ley no perdona. Pero nuestros hijos e hijas, nuestros nietos y nietas ya no se conforman con paños calientes (sic). Es el fracaso de un mundo gestionado a la manera de los hombres erigidos en representantes de todo el género humano.
Es improbable que el mismo modelo que nos ha traído hasta aquí, patriarcal, belicista, extractivo, sea capaz de encontrar las urgentes soluciones a los problemas que el mismo modelo ha generado. De hecho es sospechoso que toda la esperanza esté ahora depositada en la tecnología, no en el cambio de modelo ni en la construcción de nuevos valores. No. La misma tecnología que nos ha traído hasta aquí nos salvará. Como si la tecnología fuese independiente de los valores. Una cuestión de fe. Una cuestión de hombres. Las mujeres nunca han tenido el poder real en el mundo. Todas las ideologías gestionadas por hombres a la manera de los hombres están fracasando en el empeño de enfriar el mundo. ¿Podrá hacerlo un mundo feminizado? Son ellas, las mujeres, las que pueden salvar el mundo.
No hay ninguna prueba empírica de que tenga que ser así, ni tampoco de que existan dos naturalezas distintas, las de los hombres y las de las mujeres, pero sí que hay dos historias distintas, la de los hombres y las de las mujeres, y, por eso, probablemente, dos maneras distintas de entender el mundo. La de los hombres, una manera antigua cuyo ciclo ha acabado, representado por el modelo patriarcal.
La de las mujeres, que hoy ocupan las calles, representado por el movimiento feminista, convertido en un patrimonio común de toda la humanidad. También los niños. Los grandes olvidados de las historia. Son hoy ellos los niños, los jóvenes, los que con su mirada limpia nos advierten de que hasta aquí hemos llegado. Hay que cambiar el mundo. Hay que liberarlo de estos estigmas que hunden sus raíces en el  Neolítico  cuando los recursos parecían ilimitados. Para imaginar a Dios y al diablo, los humanos no tuvieron que ascender a los cielos o descender a los infiernos. Les bastó con mirar a su interior reflejado en la mirada del otro. Ya fuesen hombres ya fuesen mujeres.
No, las mujeres no están libres del pecado de ser humanos, pero no han dominado el mundo. La responsabilidad del pasado ha sido sobre todo de quienes han ejercido el poder. Qué le vamos a hacer. Que cada palo aguante su vela. Los niños no tienen pasado, solo futuro. No será un empeño fácil. En medio del fragor de la batalla aun hoy los Trump, los Bolsonaros, los Abascal, los Orban, parecen jinetes flamígeros medievales sacados del ensueño de una noche tórrida. Jinetes apocalípticos que no será fácil descabalgar. Es mucho lo que lo que la humanidad se juega. Los niños su futuro y, hoy, ya, lo saben. Cuando en las calles, en las escuelas, en las casas, nos interpelan, deberíamos de sentir vergüenza. Si es que tal cosa sigue teniendo hoy algún significado para aquellos hombres que siguen creyéndose propietarios del mun


sábado, 12 de enero de 2019

EL SIGLO DE LOS FILÓSOFOS



DIARIO SUR. La tribuna. Jueves, 10 enero 2019
https://www..es/opinion/siglo-filosofos-20190110202251-nt.html
No somos nosotros, sino nuestros genes los que deciden, genes que a su vez pueden ser programados desde fuera, ahora a escala mundial gracias a las nuevas y virtuales tecnologías
El siglo de los filósofosFEDERICO SORIGUER. Médico. Miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias
El pasado día 6 de enero, un diario de difusión nacional nos obsequió como regalo de Navidad con un artículo de Yuval Noah Harari titulado «Los cerebros hackeados votan». La tesis que sostiene en el artículo no es nueva y ya la había adelantado en su libro 'Homo Deus': El libre albedrío no existe. No existió nunca, pero ahora la neurociencia lo ha demostrado. Somos carne de manipulación de las nuevas tecnologías de la desinformación. Somos cerebros programables que aún viven con la fantasía de creer que saben lo que quieren y lo que desean. No somos nosotros, sino nuestros genes los  que deciden, genes que a su vez pueden ser programados desde fuera, ahora a escala mundial gracias a las nuevas y virtuales tecnologías.
Si todo esto así y para Harari no hay duda de que es así, la democracia ha muerto. Pues así será si lo dice persona tan afamada, pero la fama, se sabe desde que lo dijera lapidariamente Rilke,   «no es más que un conjunto de malos entendidos en torno a una persona». Me lo aclaró mejor el profesor Antonio Diéguez Lucena cuando en respuesta a ciertas dudas que el libro de Harari me sugería, me precisó en un Whatsapp: «Federico, no te fíes de todo lo que dice Harari». Porque lo interesante es que junto a cosas muy interesantes Harari hace pronósticos apocalípticos. ¿Y desde dónde los hace Harari? Pues desde sus interesantes y apocalípticos genes. ¿Desde dónde si no?
Unos pequeños dictadores los genes de Harari, que más que una estructura química de forma helicoidal se parecerían a aquel homúnculo que ya el alquimista Paracelso afirmó haber creado al intentar encontrar la piedra filosofal, uno de cuyos beneficios era la 'juventud eterna'. Un homúnculo que anidaría en el interior de las cabezas de todos los humanos en forma de gen y que estarían bajo el dictado de otros homúnculos lejanos, residentes en otras cabezas que, desde las sombras, están diseñando nuestras voluntades y deseos: ¡Vota a Trump!, nos dice uno; ¡No, a Sánchez!, grita el otro; ¡a Vox!, ¡a Casado!, ¡toma Coca-Cola!, ¡no la bebas!... Y así, uno tras otro, unos diabólicos 'influencer' dictan al oído de los genecillos-homúnculos de Harari lo que debemos hacer y cómo debemos de comportarnos.
Lo sorprendente es que ni manipuladores ni manipulados saben lo que hacen, como ni siquiera Harari sabe lo que dice, aunque, eso sí, tiene conciencia de lo que ocurre en el mundo y lo cuenta. Pero una cosa es la conciencia y otra la voluntad, pues si tuvieran voluntad después de ser consientes, pues no lo harían o harían lo contrario de lo que dice el homúnculo, especialmente Harari, que él sí que es muy consciente cuando con lucidez nos advierte de la inexistencia de tal cosa como el 'libre albedrío' (por cierto, utilizando un término castizo y anticuado).
Es interesante señalar que Harari data el nacimiento de esta fantasía del libre albedrío en la aparición del cristianismo, pues sin él las gentes no tendrían noción del bien ni del mal ni, por tanto, podrían ser castigados con el fuego eterno. Un cristianismo (el católico) culpable del nacimiento de esta ficción del libre albedrío, tan culpable, supongo, como de su muerte, ahora anunciada por Harari a manos de ese otro cristianismo (ahora calvinista) que firmó el certificado de defunción del libre albedrío con su obstinada teoría de la predestinación, no muy distinta a la que ahora Harari con el apoyo de la neurociencia predica. A mí, modestamente, me parece que Harari cree que la gente sigue como aquella dama victoriana que habiéndole llegado noticias de que «los hombres descendemos del mono» le recomendaba a la criada que «por favor, por lo menos que no se entere el vecindario». Pero sobre todo me parece que sigue anclado a un concepto de gen y de genética del siglo pasado.
El genocentrismo es hoy una opción ideológica, más que científica. Porque los genes no son más que estructuras químicas carentes del poder metafísico que algunos biólogos y ciertos divulgadores le quieren adjudicar. Los genes y con ellos el resto del cuerpo son el resultado de una compleja interacción con un medio ambiente que en los humanos adquiere la categoría de cultura. Una interacción de doble flujo. Los genes, ciertamente, influyen en la cultura y la cultura también en los genes. Hoy sabemos que la genética es además epigenética y que el genoma es una estructura dinámica, llena de elementos que pueden moverse entre diferentes parte del genoma, capaces de modificar el ADN en sus inmediaciones. Y es de esta interacción de donde surge la diversidad biológica y cultural que son la base y la única garantía de la libertad. Es de la diversidad de lo que deberíamos de preocuparnos y no tanto del libre albedrío. No soy genetista ni sociólogo y no quisiera seguir por aquí, pero me temo que, mal que le pese a los Harari(s), el hombre es un animal inacabado que no ha llegado hasta aquí a base de escuchar a sus genes (solo), sino porque en un momento se produjo una especialización adaptativa que después se llamó cultura (en la que se incluye la ficción de la libertad) a la que probablemente no puede renunciar por las mismas razones biológicas que Harari y todos los Harari están empeñados en que lo hagamos.
En todo caso este apasionante debate refuerza una tesis, más bien una profecía, a la que hoy pocos se sumarían. El siglo XXI no será el siglo de la ciencia, sino el de los filósofos. E inmediatamente me surge una duda. ¿Dónde estará escondido el maldito 'hacker' que me ha dictado ésta, tan improbable como extravagante, profecía?